Una mujer deslumbrante, bronceada por el sol, con pechos colosales y un trasero monumental, recibe una asombrosa fornicación fotográfica.
El cielo no era lo único que ardía mientras el sol se ocultaba. Mi chica, radiante con ese bronceado de hora dorada, convirtió toda la playa en su escenario. Y vaya escenario. Construido a base de curvas imposibles, con unos pechos que desafiaban toda lógica y un trasero tan impresionante que podía parar el tráfico.
Pero las fotos bonitas solo fueron el calentamiento. Esto fue una conquista total. Mi cámara no solo la capturó; la devoró. Entre destellos, mis manos reclamaron su propio territorio. Tenía esas piernas largas y poderosas apoyadas sobre mis hombros, su piel caliente al tacto, su coño ya húmedo diciéndome que la cámara no era suficiente.
Entonces ella tomó el control. Miraba directamente al objetivo, con un desafío en la mirada, y abría lentamente las piernas para mí. No una mirada tímida, sino una exhibición completa y deliberada. Dejaba que la luz menguante capturara cada detalle íntimo, ofreciéndose por completo al ojo de la cámara. Era una invitación, cruda y descarada.
Entramos en su ritmo. ¿Esa idea del “sexo fotográfico”? Lo vivimos. Cada disparo era una embestida profunda, cada nueva pose un cambio de cuerpos ansioso. La cámara lo captó todo: su inhalación brusca de aire, el momento en que su mirada fría de modelo se derritió en pura necesidad desesperada.
Esta es una desnudez diferente. Pintas con la luz y enfocas con todo el cuerpo. Y enterrarme profundamente en ella, mientras los últimos rayos de sol doraban su piel y el océano rugía… esa sensación está grabada en mí, permanente.
Algunas mujeres nacen para dominar un momento. Ella no solo era dueña de la escena. Era dueña de mí, era dueña de mi lente, e hizo que el sol poniente pareciera solo su acto de apertura.


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