El hermano está solo en casa con su hermanastra: rubia jovencita, brackets en los dientes, un vestidito negro que apenas tapa algo, y una cara que dice "moléstame y te muerdo". Está medio sentada en el sofá con una tablet en el regazo, pasando páginas de pisos en alquiler como si tuviera un lugar mejor donde estar. Lo tiene. Y él sabe exactamente por qué.

Porque ella dejó la escuela. Último año, un semestre para terminar, y simplemente... se largó. Él tiene la prueba en la mano, y Mamá y Papá no saben nada. Eso es poder. Eso es todo.

Él empieza a trabajársela. Ella lo llama metiche. Lo llama imbécil. Amenaza con contárselo ella misma a sus padres, como si eso arreglara algo. Y justo en medio de los gritos, él suelta la bomba: "Haré lo que sea si no les dices nada". Y se inclina hacia ella con esa sonrisa.

"¿Lo que sea, eh?"

Su respuesta: "Tampoco es como si no lo hubiéramos hecho antes". Tiene novio. Da igual. Aquí nada importa nunca.

Ni siquiera la baja del sofá como es debido. Solo le sube el vestidito negro por encima de las caderas, y ella le sigue el juego: le da la espalda, le mete ese culo redondo directo en las manos, lo deja correr sus braguitas a un lado. Primero la curva suave de sus nalgas. Después ese coño depilado perfecto, ya brillante, ya traicionándola. Ella finge que no lo quiere. Su cuerpo tiene otros planes.

Luego la arrastra hasta el sofá de cuero y se entierra dentro de ella de un solo empujón. Y aquí viene el giro: ella sigue trabajando en la tablet. Todo el rato. Buscando pisos, escribiendo, respondiéndole a medias entre gemidos, las tetas rebotando, los brackets brillando cada vez que jadea. "Ay, joder, la puta madre, qué buena está esa pussy, hermana". Ella se muerde el labio y sigue pasando páginas como si estuviera por encima de todo. No está por encima de nada.

Él la folla más fuerte. Sus caderas empiezan a moverse solas. "Más te vale no contarlo". - "Mientras me hagas venir, hermana, no lo contaré". Trato viejo, condiciones nuevas. Ella habla de sus padres mientras él le reacomoda las entrañas, y todavía no se da cuenta de lo que está a punto de pasar.

Se corre dentro de ella. Bien dentro. Profundo. Y ella sigue tecleando, ajena, hasta que él sale y empieza a desbordarse: espeso, blanco, goteando de su coño rosado y empapándose en el cuero debajo de ella. Ahí es cuando por fin levanta la vista. "Estás tomando anticonceptivos, ¿verdad?". - "Sí". - "Vale, solo me aseguraba".

Hermanita contestona, una última vez, con una promesa incluida: "No se lo diré a Mamá y Papá. Pero tienes que mantenerme contenta".

Ella dice que vale. Dice que es nuestro pequeño secreto. Lo dice como si lo sintiera de verdad.

Volverá la semana que viene.

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