Atrapados en el acto
Despedir a su hijastro, Mark, que partía a la universidad, debía ser el inicio de un nuevo capítulo, uno tranquilo. Pero cuando él llamó para preguntar si podía traer a su nueva novia, Chloe, a casa por una semana, aquel silencio comenzó a sentirse un poco demasiado pesado. Ella dijo que sí.
El problema no era la compañía. Era el ruido. Un tipo de ruido cierto, inconfundible, que flotó desde la sala una tarde. Un descenso lento y cuidadoso por las escaleras lo confirmó. Allí estaban, en la luz que se desvanecía, un enredo de ropa desechada y hambre juvenil, cruda.
Mark se revolvió, su rostro era una máscara de pánico puro. Chloe se quedó inmóvil. Helen no dijo palabra. Solo giró y subió las escaleras de vuelta, el clic pesado de la puerta de su habitación fue el único sonido.
El golpe en la puerta llegó un minuto después. Él estaba en el umbral, balbuceando disculpas sobre falta de respeto y las reglas de la casa. Ella lo dejó hablar, de espaldas a él, mirando por la ventana. Sus palabras eran las palabras de un niño. No entendían nada.
“Cierra la puerta”, dijo, con la voz baja.
Cuando por fin se volvió para mirarlo, su confusión era palpable. Ella no gritaba. Solo… lo miraba. Entonces, lentamente, se sentó al borde de la cama y alisó su falda sobre sus muslos, la tela susurrando contra su piel.
Su respiración se quebró. Este no era el guión.
Un simple tirón lo llevó de rodillas frente a ella. Él entendió, buscando sus labios con besos nerviosos. Fue dulce, de principiante. Después de todo lo que había oído sobre la vida universitaria, esperaba más. Se recostó, guiándolo sobre ella con una mano firme hasta que su rostro quedó enterrado donde ella lo necesitaba, sus caderas elevándose para encontrarse con su boca con un ritmo que él era demasiado lento para seguir.
Un crujido tenue desde el pasillo. La puerta estaba entreabierta, y en la sombra del marco, Chloe observaba, con los ojos muy abiertos.
La mirada de Helen se encontró con la de la chica. Una idea, nítida y clara, cortó la neblina. Alzó la cabeza, su voz serena.
“Chloe. Ven aquí”.
La chica entró, vacilante como un gorrión. Helen dio unas palmaditas en el espacio de la cama a su lado.
“Acuéstate”.
Una vez que la chica estuvo de espaldas, con las piernas temblorosas ligeramente abiertas, Helen miró a Mark, cuyo rostro estaba húmedo por ella. “Observa”, instruyó, con voz de maestra. Luego bajó la cabeza entre los muslos de Chloe, demostrando con una pericia lenta y deliberada que hizo que la joven jadeara y arquease la espalda, separándose de la cama.
Mark estaba junto a la pared, un espectador en su propio drama, su mano moviéndose sin control sobre sí mismo.
“Basta de mirar”, dijo Helen, separándose de Chloe, cuyo pecho se agitaba. “Muéstrame que has aprendido algo”.
Él se acercó a la cama, su entrada en Chloe torpe al principio. Helen se situó detrás de él, sus manos asentándose con firmeza en sus caderas. “Más despacio”, murmuró, guiándolo. “No estás clavando un martillo”. Presionó su cuerpo contra su espalda, su propio calor filtrándose en él, su aliento caliente en su cuello mientras lo empujaba más profundo con cada embestida, orquestando su ritmo hasta que los únicos sonidos fueron piel contra piel y respiraciones entrecortadas.
Después, mientras yacían en un enredo agotado, Helen se apoyó en un codo. La lección, al parecer, estaba solo a medias. Con una mirada cómplice a Chloe, se desplazó hacia los pies de la cama. La chica siguió su ejemplo. Juntas lo tomaron en sus bocas, una conspiración suave y compartida de labios y lengua que lo hizo ver estrellas.
Fue Chloe quien se movió primero, montándolo, tomándolo dentro de ella con un suspiro suave, sus párpados cerrándose. Helen observó, luego la reemplazó, la diferencia en su ritmo, en la forma en que lo sostenían, un estudio de contrastes. Él se movía entre ellas, guiado por sus manos, perdido en una sensación tan intensa que rayaba en el dolor.
Más tarde, en la oscuridad, la fantasía que nunca se había atrevido a nombrar yacía agotada entre ellos. No se trataba solo del acto. Se trataba del control, de la autoridad silenciosa en su tacto, de la forma en que había reescrito las reglas de la casa sin alzar nunca la voz. El silencio que siguió era diferente ahora. Estaba lleno.
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